Por qué pinto plantas tropicales en mis murales
Note: This post is written in Spanish because I wanted to tell this story in my own language. If you prefer to read a similar reflection in English, you can visit Art + Identity: Why I Paint.
Hay algo que siempre vuelve a aparecer en mi trabajo: las plantas tropicales.
Hojas grandes, flores exageradas, verdes intensos, formas que se mueven como si bailaran, colores que no piden permiso para existir. A veces me preguntan por qué pinto tantas plantas, y aunque la respuesta parece simple, para mí tiene muchas capas.
Pinto plantas tropicales porque me recuerdan de dónde vengo, porque el color también es memoria y porque, en medio de una ciudad como Toronto, a veces una pared llena de vida puede sentirse como una forma de volver a casa.
El color como recuerdo
Crecí rodeada de color. No siempre de una forma ordenada o diseñada, sino de una forma viva: frutas, fachadas, mercados, plantas, calles, letreros, ropa, comida, música, conversaciones, ruido, calor.
En Colombia, el color no siempre está separado de la vida diaria. Está en todas partes. A veces es elegante, a veces es caótico, a veces es demasiado, pero también es profundamente humano.
Creo que por eso me cuesta tanto hacer un trabajo tímido. Cuando pinto un mural, no estoy buscando que la pared se vea solo “bonita”; quiero que se sienta presente, que tenga energía, que la gente la vea y sienta algo, aunque sea por unos segundos.
Para mí, el color es una forma de decir: aquí hay vida.
Las plantas como conexión
Las plantas tropicales tienen una fuerza visual muy especial. Una hojarota (monstera), una calatea, una orquídea, una flor de Jamaica (bochinche), una heliconia gigante o una planta que parece salirse del borde de la pared pueden cambiar por completo la energía de un espacio. De repente, una pared plana empieza a sentirse más suave, más cálida, más viva.
Pero para mí no son sólo elementos decorativos.
Las plantas son una conexión con el lugar donde nací, con la humedad, con el clima templado de Bogotá, con el calor en Ibagué y con la sensación de estar rodeada de naturaleza, incluso cuando la ciudad está llena de cemento.
También son una forma de traer esa memoria a mi vida actual en Canadá. Toronto es mi casa, pero Colombia vive en mí. Está siempre presente en mi corazón y en mi manera de ver el mundo.
Mis murales muchas veces se encuentran en la intersección de esos lugares: entre la nostalgia por mi país y la ciudad en la que vivo, entre lo que recuerdo, lo que añoro y lo que estoy construyendo ahora.
Pintar naturaleza en la ciudad
Una de las cosas que más amo de los murales es que pueden transformar espacios que a veces se sienten fríos, grises o desconectados.
Una pared puede ser sólo una pared, pero con color, intención e imagen que dialogue con el espacio, puede convertirse en un punto de encuentro, una foto, una pausa, una conversación o un pequeño momento de alegría en el día de alguien.
Por eso me gusta pintar la naturaleza en la ciudad. No porque piense que un mural reemplaza a un bosque o a un jardín, sino porque puede recordarnos que los espacios urbanos también necesitan suavidad. También necesitan juego, color y algo que nos haga mirar dos veces.
A veces una flor enorme en una pared es sólo una flor enorme en una pared, y a veces es una invitación a respirar.
No es sólo decoración
Muchas veces se piensa que un mural colorido es simplemente decoración, pero para mí el color y las plantas también hablan de identidad.
Hablan de migración, de memoria, de pertenencia, de adaptación, y de cómo una persona lleva sus referencias visuales a todos los lugares donde vive.
Yo no pinto plantas tropicales porque sean tendencia. Las pinto porque son parte de mi lenguaje visual, de mi historia y de cómo entiendo la alegría, la abundancia y la presencia.
También son una forma de resistencia suave. En un mundo que muchas veces nos pide ser más neutrales, más serios, más discretos o más fáciles de encajar, pintar con colores fuertes puede ser una manera de decir: yo estoy aquí.
Por años, intenté encajar. Intenté borrar mi colombianidad para sentirme menos inadecuada. Pero llega un punto en el que ya no se puede pretender más, y dejé salir todo eso que llevaba en mí.
Mi historia está ahí, plasmada entre mis colores.
Lo que quiero que la gente sienta
Cuando alguien se encuentra con uno de mis murales, no necesito que entienda todas estas capas de inmediato. No necesito que piense en migración, memoria o identidad cada vez que ve una hoja gigante pintada en una pared.
Pero sí espero que sienta algo.
Quiero que la gente sonría, se acerque, se tome una foto, piense en un lugar cálido y se sienta bienvenida. Quiero que, por un segundo, el espacio se sienta menos gris y más vivo. Y si, de casualidad, esa persona es latinoamericana, tal vez recuerde un momento de su infancia.
Eso es lo que me interesa del muralismo. No se queda escondido en un estudio. Vive afuera, con la gente. Se mezcla con la calle, con los negocios, con las comunidades, con los días buenos y los días raros.
Un pedacito de trópico en Toronto
Pintar plantas tropicales en Toronto es mi forma de mezclar mundos. Es una manera de traer mi historia a los espacios donde ahora vivo, trabajo y creo. Es una manera de llenar paredes con algo que se siente cercano a mí, pero que también puede abrirse a otras personas.
Porque, aunque mis murales nacen de mi propia memoria, no se quedan sólo ahí. Cuando están en el espacio público, empiezan a pertenecerles también a quienes los miran, los caminan, los fotografían y los hacen parte de su día.
En cada hoja, en cada flor y en cada pared llena de vida, hay una pequeña forma de decir: aquí también podemos crecer.
¿Pensando en un mural para tu espacio?
Si estás imaginando un mural lleno de color, naturaleza y personalidad para tu negocio, tu comunidad o tu espacio público en Toronto, me encantaría conocer tu idea.
A veces todo empieza con una pared vacía y una pregunta sencilla: ¿qué podría crecer aquí?

